viernes, 23 de julio de 2010

Ahi sigue tranquilo. Su presencia fue mayor a su ausencia. Pero su ausencia se sintió más. El silencio, el polvo, el maullar de los gatos... las hojas de los otoños que no vio se amontonaron.
La alacena es verde, y tiene dos pequeñas ventanas en tela metálica, en color negro. Supongo que dentro, están las cacerolas ... los platos quizás.
La canilla, escupe agua con aire que choca contra las uvas maduras y le quita las hormigas negras. El bronce interrumpe las cerámicas blancas, que tienen un vistoso borde negro. Ahi pegamos figuritas, que todavía están.
En la parte superior de la heladera, dice SIAM, de forma casi ilegible. La manija sostiene una hermosa e intrigate pelota blanca, pero estoy sentenciada. No puedo tocar la heladera.
Alguien una vez, colocó en un llavero rojo, una cajita de fósforos. Y un corazón blanco y marrón que esconde muchas agujas y alfileres. Parece ser áspero.
A la derecha, contra la pared, los adornos sobre el marmol rosa son; una botella azul de vidrio, un jarrón cubierto con una tapa del tanque de un falcon, y quizás algo más. Ahi está la mesa, que tantas veces se inclinó cuando jugabamos a las cartas. El as de oro es de otro maso, siempre es fácil darse cuenta quien tiene un velo.
Las puertas son verde pastel, las cortinas blancas con círculos celestes. El hogar nunca está prendido, pero alberga muchas historias graciosas.
Una rara mesita, esconde una vieja máquina de cocer ... y un escondite bajo una carpeta prolijamente tejida.
Hay dos perritos de pañolensi, que miran el pasillo y se separan por un helecho pinchudo.
El timbre casi nunca suena, está justo bajo el sillón bordo, al lado de la estufa. Parecen dos botones pegados.
Las sillas son oscuras, no tan cómodas ... y se nos prohibe hamacarnos en dos patas, porque alguien, una vez se desnucó haciéndolo.
La puerta da a un living oscuro. Que esconde lo más preciado. Dos perritos pequeños, atados por un hilo de bordado. Uno es marrón y el otro es negro. El marrón ya perdió su nariz pero sigue siendo tan atractivo como antes. Solo puedo tocarlos si me los alcanzan, y eso sucede solo cuando prometo volverlos a su lugar.
Un pequeño antebaño separa dos piezas laterales de un baño, también en tonos verdes. Que guarda un personaje rojo que me habla cuando estoy aburrida. Los jabones siempre son blancos. El piso , verde. La rejilla gris. El termotanque, electrico.
Una de las piezas, está vacía. Esperando que alquien vaya.
En la otra, hay muchos muebles, una bicicleta, un cuadro de un ángel y un puente.
El ropero sostiene dos pompones marrones del tamaño de kiwis, suaves. También contiene en su interior, infinidad de objetos preciosos: botones, una viborita de goma, un cuero de vibora real, una caja rayada con papeles, bochas gigantes que eran de un abuelo que no conocí, pero que me dio varios genes.
Veo mi reflejo en el espero. Tambiñen hay un rosario de madera colgado. Unos adornos de cerámica. Pero el recuerdo es vago, pocas veces entré. Las persianas no dejan entrar el sol.

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